
Este libro es una continuación de una línea de investigación en torno de la filosofía de la posmodernidad. Un problema importante reside en la representación misma de la cultura. No estamos ante un simple registro de dicha realidad, sino ante «representaciones de representaciones», de «relatos de relatos». Es como remitirnos a historias de alguien, que, a su vez, contaba otra historia, y así sucesivamente. Esto tiene relación con el modo en que se redefine la identidad individual. Esta identidad es resultado de una vida contada y retomada en los textos de la cultura. Hay coincidencias que a veces sorprenden cuando muchos filósofos enfocan la identidad desde la problemática del cuerpo. Así se enfrentan a puntos de vista dualistas o planteamientos teóricos tradicionales sobre el sujeto como racionalidad pura. Como nuevos enfoques hermenéuticos conciben al sujeto, fundamentalmente, como deseo (como un mundo no petrificado).
Hay cierta justificación en esta acentuación en la corporeidad. La filosofía occidental ha puesto muy poca atención en las metáforas del cuerpo. Quizá por esta razón, me gusta explorar las posibilidades de la explicación mitológica y de la teoría del arte. Cambiar la sociedad significa cambiar la historia. Para hacer historia es necesario recuperar el imaginario simbólico del pasado. Como dice Walter Benjamin, se requiere apoderarse de un recuerdo y así evitar el olvido. Toda concretización es un proceso de olvido. El arte y la literatura combaten la concretización haciendo que el mundo petrificado hable, cante y hasta baile.
Mi propósito en este libro fue desarrollar una exposición y una crítica de las principales corrientes de la hermenéutica contemporánea. Es innegable que algunas tendencias parecen ser valiosas (como las que se derivan de Ricoeur, Certeau o Geertz), pero hay también otras muy discutibles. Como alternativa intenté desarrollar un enfoque del símbolo basado en los problemas sociales de América Latina. Es necesario intentar reconstruir las condiciones históricas del siglo XVII en Nueva España y relacionarlas con los procesos actuales de hibridación cultural como los desarrollos de la informática, nuevos medios de comunicación como Internet, videojuegos, televisión digital, etcétera. En la medida en que enfoques hermenéuticos como el ethos barroco suponen una comprensión de procedimientos simbólicos (en las imágenes, ritos, mitos, etcétera), podemos guiarnos por una metodología histórica. Es decir, ya que no se trata solamente de verificar, demostrar o comprobar datos, según paradigmas deterministas, podemos confiar en un método que nos permita comprender lo «no racional», es decir, otros tipos de racionalidad (lo «no racional» no significa que sea necesariamente irracional).
La crítica de la hermenéutica contemporánea nos lleva a desarrollar la teoría del ethos barroco para poder replantear el problema del diálogo en función del mestizaje y el cruce intercultural. Si el problema del mestizaje invita a revisar la historia, es necesario entonces repensar también el problema de la identidad nacional como identidad simbólica. En América Latina, la identidad ya no se puede plantear como antes del proceso de la globalización, es decir, en términos de la recuperación de una identidad pura. La nueva situación histórica que padecemos como la posmodernidad, hace necesario construir una perspectiva hermenéutica en torno de los significados actuales de los conceptos sobre la nación, las etnias y las clases.
Para construir esa perspectiva hermenéutica se pueden recuperado ideas de autores como Pierre Bourdieu sobre la violencia simbólica. Se trata de comprender de qué manera las luchas económicas tienen una dimensión de lucha simbólica. La competencia por los signos de distinción explica la manera en que las clases sociales imponen un capital cultural.
Todos los autores que se tratan en este libro tienen en común la preocupación (no abstracta) de explicar el funcionamiento del símbolo. Al rescatar a estos autores se intenta explorar una hermenéutica del símbolo que apunte al esclarecimiento de nuestra diversidad cultural. La existencia de esta diversidad nos permite precisar algunas hipótesis como las siguientes:
Existe la posibilidad de buscar en otras teorías del símbolo, elementos para desarrollar una hermenéutica que abriera una alternativa frente a las concepciones simbólicas idealistas. Si el problema no es tanto el de desarrollar un conocimiento o una teoría (ya que como dice Ricoeur, el símbolo «no sólo da que pensar», sino también «da que desear»), partimos de la situación hermenéutica latinoamericana. En tanto no aceptamos el solipsismo ya que toda experiencia es siempre experiencia del Otro, de lo que se trata es de cómo plantear la Otredad. La dificultad es que el Otro siempre aparece mediado por el símbolo. No hay ni puede haber una experiencia directa ya que el conocimiento no es un espejo de la naturaleza. Se podría decir que la experiencia de la alteridad es siempre una experiencia simbólica. La experiencia de la Otredad es como una realidad intermedia. No se trata de una materialidad pura, ni de un reino suprasensible. Ya en Cassirer encontramos esta idea básica: no hay un acceso directo e inmediato a la realidad, sino que todo conocimiento es simbólico, pasa por el lenguaje, que da forma al caos de nuestras sensaciones. La dificultad de una experiencia directa con el Otro, nos plantea el problema de la identidad simbólica. Si esta identidad no es tangible, sino que atraviesa la diferencia, el desafío al que nos enfrentamos consiste en la descontrucción de una fábula: la fábula de la identidad perdida.
La fábula no es otra cosa que el relato encargado de simbolizar a una sociedad. Si la fábula habla, no sabe lo que dice. La fábula no corresponde entonces a la ciencia, sino a la ficción. Sean fábulas antiguas o contemporáneas, muchos relatos tienen que ver con el tema de la identidad perdida.