
Siguiendo la tradición de interpretar la cultura como conjunto de signos, Clifford Geertz ha desarrollado una interesante teoría hermenéutica. Él mismo reconoce que este modo de interpretación no es algo nuevo, sino que ya tiene antecedentes en Weber, Freud, Durkheim, Cassirer y G.H. Mead, que veían la acción social como algo que configura y comunica un significado. Para Geertz, hoy, más que antes, la reflexión hermenéutica es un medio para otorgar un sentido particular a cosas particulares (cosas que suceden, cosas que no logran suceder o cosas que podrían suceder). Al hacer énfasis sobre lo particular, Geertz postula la necesidad de un conocimiento local, no únicamente por lo que hace al lugar, tiempo y clase, sino en referencia a sus acentos o caracterización de los imaginarios locales. La hermenéutica intentaría, según él, interpretar esos imaginarios o relatos sobre los hechos proyectados en forma de metáforas.[1] Quizá Geertz quiere ir en contra de la corriente teórica y práctica que supone el crecimiento gradual de la uniformización cultural:
Esta sensación de que parece que las cosas navegan por separado se opone a algunas de las principales doctrinas de la ciencia social contemporánea: que el mundo se vuelve cada vez más tristemente moderno (establecimientos McDonalds en los Campos Elíseos, conciertos de rock punk en China); que se produce una inevitable evolución del Gemeinschaft al Gesellschaft, del tradicionalismo al racionalismo, de la solidaridad mecánica a la orgánica, del estatus al contrato.[2]
Está claro que Geertz advierte el proceso de uniformización impuesto por las corporaciones multinacionales. Pero al mismo tiempo se opone al tradicionalismo. Por eso aclara que, tampoco se trata de poner como alternativa el camino del Gemeinschaft [3]. Sería erróneo suponer entonces que el conocimiento local o la hermenéutica que propone Geertz, equivale a reducir el conocimiento general a formas particulares de vida. Esto lo llevaría al tipo de posiciones relativistas inconmensurables y a ciertos desarrollos antignoseológicos de la antropología posmoderna (en autores como Stephen Tyler que se oponen radicalmente a la ciencia y a todo tipo de interpretación racional). Es importante señalar que la acusación contra Geertz de «particularismo» o de postular una hermenéutica relativista, no es sino producto de una «cierta neurosis académica»:
«Este miedo al particularismo lo concibo como una cierta neurosis académica, resulta especialmente destacado en mi propio campo, la antropología, donde a los que prestamos una especial atención a los casos específicos, con frecuencia peculiares, se nos está diciendo constantemente que socavamos con ello la posibilidad de un conocimiento general, y que en su lugar deberíamos dedicarnos a algo propiamente científico, a cosas tales como la sexología comparada».[4]
Hay que advertir que si bien los enfoques hermenéuticos gozan hoy de una mayor comprensión que en el pasado, sin embargo esto no equivale a decir que han desaparecido totalmente expresiones de intolerancia. Estas expresiones provienen sobre todo de autores que se aferran a paradigmas neopositivistas y que declaran que hay cierto tipo de preguntas que fastidian a las personas de mentalidad práctica porque no conducen a respuestas claras o a la obtención de alguna especie de conocimiento útil. Este tipo de argumentos han caracterizado sobre todo a los filósofos analíticos que a toda costa querían únicamente preguntas a las cuales someter a la observación, el cálculo, la verificación. Según ellos, hay que eliminar aquellas preguntas generales y relacionadas con cuestiones de principio. Tal vez esta intolerancia no ha desaparecido y es precisamente lo que justifica que ciertos autores «posmodernos» influidos por Clifford Geertz hayan insistido en la necesidad de acercarse a la literatura y rechazar toda pretensión de imponer una autoridad en los estudios etnográficos. Ficción y ciencia no son términos antagónicos. Como dice James Clifford:
No es posible ya tomar al investigador como un definidor de culturas, como un simple expositor de las mismas mediante la escritura. Y es error, común a gran parte de la etnografía, desacreditar, tachar de marginales, escritos de misioneros, viajeros, administradores coloniales, autoridades locales y otros etnógrafos que nos precedieran en el estudio.[5]
¿Hay en Geertz un planteamiento útil en sentido de admitir y hacer posible la comunicación entre diversas culturas (además de comprender adecuadamente la propia)? Lo que hay que matizar es que su planteamiento del conocimiento local se diferencia del conocimiento general en cuanto que es una manera no deductiva de proceder analítico:
«Debo subrayar que no me dedico a una empresa deductiva en la que toda una estructura de pensamiento y de prácticas se conciba como si proviniese, de acuerdo con una u otra lógica implícita, de unas pocas ideas generales, llamadas en ocasiones, postulados, sino a una empresa hermenéutica (en la que tales ideas se emplean más o menos como una vía práctica para la comprensión de las instituciones sociales y las formulaciones culturales que las rodean y les dan sentido). Son nociones orientativas y no fundacionales. Su valor no reside en la presunción de un sistema altamente integrado de comportamientos y creencias. Reside en el hecho de que, al ser ideas de cierta profundidad local, pueden encaminarnos hacia algunas de las características definitorias, por variadas o desordenadas que éstas sean.» [6]
El enfoque de Geertz es principalmente antipositivista y está descrito en forma detallada en su trabajo «Descripción densa: hacia una teoría interpretativa de la cultura».[7] Este enfoque que se preocupa por las estructuras de significado en cuyos términos conviven los individuos y grupos, ofrece fecundas perspectivas para el análisis del derecho, la ideología, el arte o la política. Permite la contextualización adecuada de cada esfera. Uno de sus principales aportes es plantear una alternativa de análisis frente a los enfoques cientificistas. Según Geertz, la limitación más grave de este tipo de enfoques consiste en suponer que el propósito de la etnografía es demostrar que los marcos de percepción social establecidos son plenamente adecuados para captar cualquier tipo de rareza. En el caso de antropólogos como Evans- Pritchard, esto equivale a plantear la integración de África en un mundo concebido sobre bases profundamente inglesas.[8]
[1] Clifford Geertz, Conocimiento local, Paidós, Barcelona, 1994.
[2] C. Geertz, Conocimiento local, op.cit, p. 243.
[3] Ibid., p.243.
[4] Ibid op.cit. p.180.
[5] James Clifford, «Sobre la alegoría etnográfica», en J.Clifford y G.E.Marcus, Retóricas de la antropología, Júcar Universidad, Barcelona, 1991, p.177.
[6] C. Geertz, Conocimiento local, op.cit., p.216
[7] C. Geertz, La interpretación de las culturas, Gedisa, México, 1987.
[8] C. Geertz, «Diapositivas antropológicas», en Tzvetan Todorov y otros, Cruce de culturas y mestizaje cultural, Júcar Universidad, Barcelona, 1988.
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