
5 de noviembre. Un amanecer frío. Todavía estás medio dormido hasta que te despierta la voz chillona de Aristegui diciendo que se fue Enrique Dussel. ¿Qué? ¿cuando? ¿cómo? ¿de qué? Sientes que te dan una patada en la cara. No, no puede ser ¿cuándo fue la última vez que lo viste? Fue antes de la pandemia cuando fuiste a presentar un libro a la Facultad de Filosofía y Letras.
Sí, no puedes olvidar ese día porque cuando entraste a la Facultad después de muchos años de alejamiento te extrañó cómo había cambiado. En vez de aquel lugar cálido, que había sido tu segunda casa, ahora te encontrabas ante un edificio reacondicionado con vallas, controles y rejas ¿y la cafetería donde se quedaban a platicar toda la noche hasta que los corrían? ¿Y eso o aquello? ¿cómo podían haber desaparecido tan rápido?
¿Y aquellos auditorios que te enardecían y alborotaban cuando llegaban gentes como Carlos Monsiváis, Sergio Pitol, Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Sánchez Vázquez o Bolívar Echeverría? No son las vallas, las rejas, las paredes o los auditorios abandonados los que te causan esa sensación de incomodidad sino la ausencia de esos maestros. Estás desconcertado, ves muchas caras pero no reconoces a nadie.
Pero de pronto, como saliendo de la nada, aparece Dussel con su sonrisa de oreja a oreja ¡oh! ¡qué sorpresa! ¡qué alegría! Se funden en un abrazo ¿çómo estás Enrique? ¡qué bueno verte!…

Esa fue la última vez que lo viste. Ahora te cuesta aceptar que se fue. Y ahora en este frío en un día de noviembre, cuando ya te disponías a viajar al Congreso de Filosofía en Guanajuato, te llega esta noticia como un rayo que te parte el alma. Mientras te tomas un café fuerte para no dejarte invadir por la tristeza, se te van las ganas de viajar. Seguro que en la bella ciudad de Guanajuato sólo te vas a deprimir más.
Bueno, está bien, mejor quedarte en casa ¿pero que vas a hacer? No puedes leer ni concentrarte en nada. Tal vez lo mejor es tratar de comprender por qué te afecta la partida de Dussel. Es que no solo fue uno de aquellos que más te ayudaron a formarte sino también un amigo con el que compartiste una gran cantidad de cosas a lo largo de más de 30 años. Imposible olvidar a quien, junto con otros maestros, te impulsaron a ser lo que hoy eres. Como no estuviste a su lado en sus últimos momentos, no pudiste despedirte.
Lo que quizá necesitas ahora es tratar de despedirte aunque sea con unas pocas palabras para que no te quedes con ese nudo en la garganta.
Sí, sí, lo mejor es no salir de casa, tranquilizarte y dejarte llevar por el remolino de los gratos y felices recuerdos.
El primer recuerdo que te llega es cuando, empezando la universidad en tu ciudad natal, veías los libros de Dussel en las vitrinas de las librerías. Se te hacía agua la boca de ver sólo sus títulos: Filosofía de la liberación, Ética de la liberación, Política de la liberación, Erótica y estética de la liberación ¿qué era esto?

De inmediato te clavaste en la lectura. No era muy difícil entenderlo, lo que decía era que había que hacer filosofía desde la realidad que nos rodea. En vez de repetir otras filosofías había que crear categorías propias. Eso era lo que te cautivó. Lo que no imaginabas, ni en sueños, era que un día íbas a conocerlo personalmente, asistir a sus clases, ser uno de sus alumnos más asiduos y al final un amigo.
¿Cómo sucedió todo esto? Tienes que recordar que en cierto momento de tu vida entre 1978 y 1982, por esas cosas extrañas de la vida, como el ineludible destino que te esperaba, entraste a la UNAM. No podías creer que ahí daba clases Enrique Dussel. Hablaba de El Capital de Marx y de La filosofía del derecho de Hegel. Bueno, la cosa es que te metiste y durante muchos años pudiste escucharle, hablar y dialogar con él.
Un día, Dussel te invitó a su casa a seguir platicando y elaborar trabajos para presentar en eventos académicos que le encantaba organizar. Se trataba de discutir con otros filósofos como Apel o Vattimo. Era muy riguroso y exigente. Te acuerdas cuando te hizo rehacer tu artículo “La filosofía del barroco” más de 10 veces. Ya te ibas a rendir y de pronto te dijo: “¡ya quedó bien así! ¡Ya no le hagas nada más!”
A la casa de Dussel (mejor dicho, a su departamento) venían muchos alumnos como Juan José Bautista, que llegó a ser su Profesor Adjunto. A él le animaba a viajar a los grandes archivos y bibliotecas de Europa, como el de Amsterdam que tenía entre sus tesoros las cuatro redacciones de El Capital de Marx. No sé si alcanzó hacer este viaje, pero lo que sé es que escribió un excelente libro (¿Qué significa pensar desde América Latina?) con el que ganó el Premio Libertador al Pensamiento Crítico, uno de los más altos reconocimientos a los pensadores latinoamericanos. Para celebrar este premio Dussel realizó un acto académico en la UNAM. En este acto se le veía feliz y orgulloso de lo que había logrado uno de sus muchos discípulos.

Tú te quedaste en México ¿para qué irse a otro país si aquí podías estar mejor? Obtuviste tu tiempo completo en la Universidad Pedagógica Nacional y desde ahí te dedicaste a la elaboración de una hermenéutica orientada por la línea de una pedagogía emancipatoria complementaria con la filosofía y la ética de la liberación de Dussel.
Así pues ¿cómo no tenerle gratitud a quien generosamente no sólo te acogió en sus clases, en su casa, sino que además te dio todo su apoyo para desarrollar tu trabajo? Gracias a él pudiste comprender que podías hacer tu propio camino, lejos del academicismo estéril y de la pura especulación y repetición de conceptos ajenos. De lo que se trataba entonces era de crear categorías filosóficas propias para pensar y transformar la realidad de América Latina.
Gracias y adios Maestro
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