Homenaje a Juan José Alba. Video

Parte 2

homenaje a Juan José Alba

Primero debo agradecer al CESU, a la Universidad Mayor de San Simón de Cochabamba, Bolivia, y especialmente a Fernando Mayorga por darme todo su apoyo para organizar este homenaje.  Uno de aquellos amigos que me acompañó  desde mi infancia  fue Juan José Alba. El “Juanjo”, como le decíamos, era un poco mayor que yo. Fue mi mejor amigo. Me gustaría comenzar recordando cierta época cuando éramos estudiantes universitarios. En los años de 1970 la ciudad de Cochabamba vivía una atmósfera de turbulencia a raíz de constantes golpes de Estado. En esta atmósfera íbamos  a la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Simón. Lo que podíamos aprender  casi se concentraba en la psicología conductista. Los cursos en la universidad no eran muy buenos y se interrumpían constantemente a causa de la ebullición política. Habían entradas frecuentes de los tanques militares; todos los centros de estudios por estar altamente politizados representaban focos de rebelión que se debían apagar mediante la violencia. 

¿Cómo era la Universidad? A finales de la década de 1970, la Facultad de Humanidades de repente atravesó por un momento excepcional. Aparecieron profesores que venían de países como España, Chile y Argentina (imposible no acordarnos de María Galtieri y de Mónica Pelliza). La novedad fue el cambio del plan de estudios de la carrera de Psicología por un programa centrado en el psicoanálisis de Freud y Lacan y las nuevas corrientes como el estructuralismo. De ahí nacieron proyectos de aplicación e intervención en instituciones de salud mental de la ciudad de Cochabamba.  Con Juan José pudimos trabajar dos años en la Casa del Joven, una institución de cuidado de niños de la calle. Lo que vimos en este tipo de instituciones era la permanencia de métodos de vigilancia propios de los sistemas panópticos. Otro proyecto  atractivo era un programa de atención psiquiátrica en zonas marginales. Aquí Juan José ya tenía avanzado un proyecto de etnopsiquiatría. Aunque todavía era un estudiante ya se daba cuenta de que los enfoques médicos oficiales de la enfermedad y la salud no eran adecuados a la realidad nacional. En países como Bolivia había que reformular la medicina a partir de las prácticas y conocimientos  provenientes de la tradición oral.

Quizá lo que fue importante en aquellos años (entre 1975 y 1979) además de  la necesaria actualización y reformulación de los conocimientos fue la posibilidad de crear una infraestructura mínima para la docencia y la investigación. En este sentido, por la necesidad de incorporar a más profesores se abrieron concursos de oposición para obtener plazas. Algunos estudiantes que ya estábamos al final de la carrera, tuvimos la oportunidad de ingresar a la docencia como Ayudantes, pero el problema era que la universidad casi siempre estaba cerrada. Por esta situación, más que estar en las aulas, estábamos casi siempre estudiando en las  plazuelas. En tales condiciones lo mejor era formar grupos de estudio. Nos reuníamos entonces fuera de la universidad aunque sin estar totalmente desconectados de ella. La idea era formar un espacio académico paralelo pero sin exámenes, tesis, jerarquías ni nada que pudiera controlar la libertad y el deseo de estudiar lo que uno quisiera.

Mis recuerdos de aquellos años son también de una atmósfera de paz, de quietud y de inmensa tranquilidad, como si el ambiente militarizado de la universidad, en vez de limitarnos o reprimirnos, nos permitía abrir nuestras mentes a cosas que antes no veíamos (como por ejemplo la vida que bullía en los mercados, en las ferias y en las calles). Estar dentro de la universidad tenía sus desventajas como estar desconectados de la vida cotidiana, además de obligarnos a una rutina competitiva (como cualquier universidad del extranjero inmersa en examenes, evaluaciones e infinitad de tareas burocráticas). Por el contrario, estar fuera de la  universidad,  tenía la ventaja de estar en otra lógica, es decir, en otro espacio y   tiempo de no utilidad, de placer, de no productivismo. Así podíamos disfrutar más de estar en las cafeterías hasta la madrugada  conversando en grupo sin otro objetivo que  el goce de saber más y más. Claro que había que trabajar y hacer otras actividades para sobrevivir. Juan José se dedicó a aprender idiomas. Se inscribió en la Alianza Francesa y con el tiempo aprendió otros idiomas. Esta decisión que también yo podría haberla compartido estaba determinada por una creciente preocupación por el futuro. Si la universidad no era una opción, lo mejor era prepararse para salir afuera o buscar otros espacios. Yo me fui a México pero seguimos en comunicación año tras año. Y Juan José después de titularse con una tesis sobre los mitos de Huarochiri,  se fue a investigar  a Aiquile, a Mizque, a Oruro, a La Paz y a Potosí.

Frutos de esas largas estancias fueron varios escritos publicados y sin publicar. Entre los primeros hay dos libros que se han vuelto clásicos por ser indispensables.  Estos libros son:  Los jampiris en Raqaipampa, (1993); y  Entre la pervivencia  y la muerte: los campo jampiris de Campero (1996).

Antes de escribir estos libros presentó varias ponencias como:  “El jampi qhatu y las identidades (1986) y “Un sistema de estrategias de salud: Villa Alto Cochabamba”, además de  muchos artículos en revistas de investigación.

Cierto es que Juan José no escribía mucho. A veces  me comentaba de que pensaba realizar diversos  estudios sobre la comunidad de Chayanta en el norte de Potosí; sobre los Kallawayas; sobre la historia del transporte de coca en la época colonial; sobre los mitos y leyendas de Mizque; sobre los yatiris de la calle Sagárnaga en la ciudad de La Paz. Pero nunca tenía tiempo para escribirlos. Sin embargo, para una valoración más cabal de su trabajo también resulta indispensable tomar en cuenta a todas aquellas ideas que tenía y aunque no quedaron escritas sin embargo  quedan como parte de su legado oral. Seguramente habrán alumnos o discípulos a quienes les interesará mucho  seguir sus proyectos y explorar sus fecundas ideas.

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